viernes, 21 de marzo de 2014

UN VIAJE DE IDA, SIN RETORNO.

Buenos Aires 1988, el músico Ariel Melo, por motivos que nunca supe, ni me interesan, abandona el grupo de música que lo hizo famoso, y pasa a ser solista.
Necesita entonces armar una banda que lo acompañe y ahí es donde Lolo es convocado como baterista. Lo convocan porque es muy bueno en lo suyo, sin duda alguna, y también porque tiene una batería electrónica espectacular.
Con esto de la convocatoria nos agarraron muchos nervios. Lo digo en plural porque en esa época Lolo y yo éramos uno, hacía siete años que estábamos juntos y sufríamos o nos alegraban las mismas cosas,  lo que le pasaba a él me pasaba a mí, aunque no siempre lo que me pasaba a mí le pasaba a él, pero no profundizaré en eso. Lo importante ahora es que Lolo toca en el teatro Astros con Melo.
Éramos dos pibes de Caballito, con muchas ganas de tener onda, de pertenecer al círculo del rock nacional de los ´80. Y en eso estábamos, los dos estudiando diseño gráfico: “la nueva carrera de la U.B.A.”, yo trabajando de moza en “el” bar de la música nacional de ese momento, y él no trabajaba porque era un músico en serio y debía ensayar. Nos vestíamos como Siouxie y Robert, y a veces como Nancy y Sid. Yo tatuada, una de las pocas en capital federal -al menos que yo sepa- y él con aros y cortes de pelo que creo inspiraron a Charly García para su canción. Comprábamos telas y nos hacíamos la ropa. Realmente pensábamos que éramos avant garde.
Transitábamos las recorridas nocturnas obligadas, y entrábamos gratis a todos lados, nos estábamos haciendo conocidos en el medio. Conocidos por nada, pero parecía que con eso alcanzaba.
Ansiedad. Eso sentimos el primer día que Lolo fue al ensayo con Melo, la sala era en la calle Alvarez Thomas. Llorábamos de emoción, saltábamos abrazados, estábamos en camino a tocar el cielo con las manos. Lolo había ensayado día y noche sin parar.
Nos despedimos en la puerta, subió a la sala, yo me iba a tomar un café para esperarlo, pero me tomé una Mirinda. “No future” pero me cuidaba.
Sale al rato feliz, radiante, ya con fecha para el recital, días y horarios de ensayo, pruebas de vestuario, y reuniones varias hasta la madrugada, cachet arreglado. Su actuación era un hecho.
Llegado el día del recital, me encuentro en camarines algo incómoda con todos los músicos y algunas de sus mujeres espantando groupies a lo pavote, a diestra y siniestra, a granel, al por mayor, a dos manos. Qué vida de cornuda me espera, me digo a mi misma, justo cuando me empuja la vestuarista y me pide que le alcance una camisa del mismísimo Ariel Melo. Ariel Melo me sonríe, se ve que ya me conoce y le caigo bien. Lolo está feliz, después de tanto sacrificio habíamos logrado lo que soñábamos.
Entra un personaje al camarín de Melo demasiado exagerado pero real, y sin decir una palabra se hace lugar y pone sobre la mesa de maquillaje un plato y en él tira todo lo que tenía para tirar, que era mucho. Todos muy contentos, las groupies saltaban como ranas y aplaudían como focas.
Nerviosa y sin ninguna aspiración a acercarme al plato, con ánimos de no molestar,  doy marcha atrás haciendo un pasito muy parecido al de Michael Jackson,  siento como involuntariamente y  burlando al destino, que mi mano empuja el escarchado pico de una botella de cerveza abierta sin consumir aún, volcándose completa sobre el blanco plato.
En ese momento yo dejé de ver, se me fundió todo a negro y me subía tremendo calor por la espalda. Sólo escuche: -  “pero que flor de pelotuda esta mina!!” y aparecí sentada en fila dos al medio. 
Buena ubicación.
Excelente recital, emoción, aplausos, reportajes, fotos, el Astros explotaba.
Se hicieron dos fechas, sábado y domingo. Las dos lleno total.
A Lolo, luego de ese domingo no lo convocaron más.



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